
Mientras caminaba entre los invitados, Molly se quedó perpleja al ver al guapo banquero mirándola fijamente. Se sonrojó preguntándose por qué tenía un aspecto tan sombrío, pero no pudo evitar sonreír con la esperanza de alegrarlo.
A Leandro le pareció que la alegre sonrisa de la camarera era tan encantadora como su rostro. El sombrío estado de ánimo que lo atenazaba se alivió un poco al verla a ella. Tenía los ojos verdes, con forma de almendra como los de un gato, brillando sobre una nariz chata y una irresistible boca de labios rosados. En el momento en el que ella se dio cuenta de que la estaba mirando, se preguntó qué estaba haciendo y centró su atención en la copa que tenía en la mano. Sin embargo, lo más raro fue que lo único que seguía viendo eran aquellos brillantes ojos de gata y la boca de labios gruesos y rosados. Su rostro tenía un aire de inocencia infantil y de felino atractivo sexual. Se sorprendió ante el hecho de que se le despertara el apetito sexual. No había estado con ninguna mujer desde que Aloise murió. El sentimiento de culpabilidad acuchilló su libido con la misma eficacia que la muerte se había llevado a su esposa.
– ¡Ven aquí, guapa! -exclamó una voz masculina.
Molly se apresuró a acercarse. Un trío de hombres jóvenes, que evidentemente ya habían tomado más de una copa, realizó una serie de comentarios muy directos sobre las curvas de la figura de Molly mientras les servía. Ella apretó los dientes e ignoró las palabras, marchándose tan pronto como pudo. Regresó al bar para reponer su bandeja.
– El VIP tiene la copa vacía -le advirtió Brian ansiosamente-. Cuídalo.
Aquella vez, Molly trató de no mirar al banquero, pero el corazón le latía con más fuerza que antes. Mientras se acercaba a él, un sentimiento de anticipación y deseo se apoderó de ella, obligándola a mirarlo. Efectivamente, era muy guapo. El cabello negro le brillaba bajo las luces del techo, que acentuaban también los altos pómulos y la dura mandíbula masculina.
