
El poder de lo que estaba sintiendo la escandalizó. Ese hombre era un desconocido y ella no sabía nada sobre él. Además, seguramente, no tendría nada en común con un hombre como él. Se trataba simplemente de un deseo puramente físico, de un poder casi irresistible. Por primera vez, se preguntó si algo similar había atraído a su difunta madre a su padre, un hombre casado, y si ella misma era culpable de tener una mentalidad algo estrecha y poco compasiva al despreciar a su madre por implicarse en una relación extramatrimonial.
Leandro observó cómo la camarera se acercaba a él. Se maravilló de lo guapa que era, una Venus con minúsculos pies y una cintura que probablemente podía abarcar con una mano. Parecía moverse al ritmo de la música. Dios santo, ¿qué le pasaba? Aquella mujer era una camarera y él no era la clase de hombre que trataba de seducir a las empleadas domésticas. Sin embargo, le resultaba imposible apartar la mirada de las voluptuosas proporciones de aquella mujer. No se le pasó por alto el modo en el que la camisa se le ceñía a los pechos y la falda al respingón trasero. Aquellos luminosos ojos verdes lo miraron y, entonces, él sintió algo parecido a una descarga eléctrica por todo el cuerpo. Dejó la copa vacía sobre la bandeja y tomó otra. Durante un momento, se le pasó por la cabeza que su sed podría saciarse mejor con el agua que con el alcohol, pero lo que ocurrió a continuación le hizo olvidarse de esas reflexiones.
Los mismos hombres que la habían requerido hacía pocos minutos volvieron a llamarla. Molly tuvo que acercarse. Ellos leyeron su nombre en la placa de identificación que ella llevaba puesta y la llamaron así. Uno de ellos realizó un comentario muy grosero sobre los pechos de la mujer y otro la agarró con fuerza.
