Tampoco quería que le hicieran daño. Con la excepción de Jez, la clase de hombres que Molly había conocido a lo largo de los años había hecho que aumentara la cautela que tenía con respecto al sexo opuesto. Había tenido novios, pero nadie especial. Ninguno con el que ella hubiera tenido deseo de acostarse. Por lo tanto, supuso una completa conmoción para ella mirar al otro lado de la sala y ver a un hombre que, simplemente con su presencia, lograba arrebatarle el aliento de los pulmones y el sentido común de su pensamiento.

Cuanto más se acercaba Molly con su bandeja de bebidas, más alto le parecía el español. Su mirada curiosa descansó en él y se fijó ávidamente en todos los detalles de su elegante y sofisticada apariencia. El traje de él era de corte clásico y se veía que era del diseño más caro y de la más alta calidad. Le parecía muy rico, más como si fuera el dueño del banco que como si trabajara en uno.

– ¿Señor? -le preguntó Molly extendiendo la bandeja.

El la miró y Molly descubrió que el español tenía unos maravillosos ojos del color de la miel, rodeados de espesas y negras pestañas. Al mirar aquellos gloriosos ojos, se sintió tan mareada como si, de repente, estuviera en las alturas.

– Gracias -dijo Leandro mientras aceptaba una copa y bebía ávidamente.

Tenía la boca muy seca. Si no hubiera sido por el hecho de que los Forfar eran también amigos íntimos de su madre, aquella noche se habría quedado en su casa. Una infección de garganta y unos antibióticos lo tenían algo agotado. Por eso no había ido a la ceremonia, pero le había sido imposible no asistir a la celebración. Le apetecía estar solo, por lo que les había dado la noche libre a su chófer y a su guardaespaldas y había ido a la fiesta en su coche.

Se fijó en la pareja de recién casados, que, evidentemente, estaban discutiendo. Leandro conocía aquella situación. No le gustaban las bodas. La artificial alegría lo dejaba frío. Ni siquiera imaginaba que alguna vez quisiera volver a casarse. Adoraba su libertad.



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