– ¡Suélteme! -le gritó ella a este último con un gélido desprecio en la voz-. Estoy aquí para servir copas… ¡nada más!

– Pues eso sería un desperdicio, guapa -replicó el que la tenía aprisionada. Entonces, sin hacer caso a sus protestas, le colocó un billete de los grandes en la bandeja-. ¿Por qué no te vienes conmigo a casa más tarde? Confía en mí. Te podría hacer pasar un buen rato.

– No, gracias. Quíteme las manos de encima ahora mismo -le ordenó ella.

– ¿Sabes cuánto dinero he ganado este año?

– Me importa un comino y no quiero su dinero -repuso Molly. Entonces, agarró el billete y se lo metió a la fuerza en la mano. Entonces, se soltó en el momento en el que él aflojó el brazo.

¿Cómo se atrevía aquel hombre a hablarle de aquella manera, como si ella fuera una prostituta a la que pudiera contratar cuando quisiera? Se marchó rápidamente, acompañada por un coro de risotadas masculinas. Brian la estaba observando desde la puerta. Molly se fue directamente hacia él para advertirle de que necesitaba controlar a aquel grupo antes de que se desmandaran por completo.

– No voy a tolerar que me hablen ni me toquen de esa manera. Tengo derecho a quejarme cuando alguien me hace algo así -señaló ella. Se quedó atónita al ver el modo en el que su jefe reaccionaba ante sus palabras.

– Estos tipos sólo están tonteando y tratando de flirtear contigo. Eres una chica muy guapa y aquí no hay muchas. Han bebido demasiado. Estoy seguro de que no tenían intención alguna de ofenderte.

– No estoy de acuerdo. A mí sus comentarios me resultaron profundamente ofensivos -replicó Molly.

Se dirigió hacia el bar, completamente furiosa de que no se estuviera tomando en serio su queja. Sabía muy bien que su jefe trataba de evitar a toda costa cualquier situación que pudiera poner en peligro la oportunidad de nuevos negocios, pero, por primera vez, se lamentó de su situación ante el hecho de que, por su trabajo, a ella se le considerara menos importante que a los cerdos que la habían insultado.



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