
Molly jamás había sido besada de aquel modo, como nunca antes había conocido una pasión, urgencia y excitación como la que sintió en aquel momento. Se notaba mareada, fuera de control. La lengua de él se les deslizó entre los labios para retirarse enseguida, provocando que un deseo abrasador se apoderara de ella. Tembló de por la oleada de sensaciones que estaba experimentando, provocando que la boca se negara a separarse de la de él y que los pezones se le irguieran contra la camisa que llevaba puesta. Sus sentidos le daban vueltas por las caricias y el sabor de él, por lo que tuvo que agarrarse a las solapas de la chaqueta de él para no perder el equilibrio.
En algún lugar, la alarma de un coche comenzó a sonar. Leandro se tensó y levantó la cabeza. Entonces, comprendió lo que estaba haciendo y reconoció que estaba actuando según su impulso y sin utilizar el freno de la inteligencia. A pesar de todo, soltarla le costó más de lo que hubiera querido porque estaba muy excitado.
– Lo siento -murmuró.
A Molly le costaba también elaborar pensamiento racional alguno.
– ¿Por qué? -preguntó ella mientras él le colocaba las manos sobre los hombros para empujarla deliberadamente hacia atrás, alejándola de él.
– No debería haber ocurrido algo así y, en circunstancias normales, jamás habría pasado -susurró Leandro.
Molly recordó el hecho de que él, prácticamente, la había empujado de su lado y se sonrojó de vergüenza. No. Efectivamente aquel contacto no debería haber ocurrido nunca y no decía nada en su favor que él hubiera sido el primero en darse cuenta de ello y en hace algo al respecto. ¿En qué diablos había estado pensando ella? Sin embargo, aún sentía el cuerpo cálido y tembloroso.
El rubor que le cubría las mejillas se negaba a desaparecer.
