Aquel injusto comentario hizo que los ojos de Molly se llenaran de lágrimas y tuvo que morderse la lengua para no contestar. No había hecho nada malo. Había sido insultada verbal y físicamente, pero nadie iba a disculparse con una simple camarera. Regresó a la cocina, donde Brian sugirió que empezara a ayudar al chef a recoger. Lo hizo rápidamente. Poco a poco, el tiempo fue pasando y, con él, el incesante parloteo de los invitados a la fiesta. Todo el mundo se fue marchando.

– Ve a ver si quedan más copas -le ordenó Brian.

Molly sacó una bandeja. La primera persona a la que vio fue al banquero español, apoyado contra la pared elegantemente y hablando por su teléfono móvil. Estaba pidiendo un taxi. Ella se negó a mirar en su dirección. Se dirigió a la sala contigua para recoger un montón de copas abandonadas. Leandro no dejaba de observarla como si se tratara de un ave de presa.

Ella le había dicho que no era su tipo, pero estaba convencido de que era mentira. Sin embargo, no era la clase de mujer que le había gustado en el pasado. Las rubias altas y elegantes habían sido más bien su tipo, como Aloise. Molly le atraía de un modo más básico. El sensual meneo de sus rotundas caderas habría atraído la atención de cualquier hombre de verdad. La melena de cabello rizado y salvaje, los enormes ojos verdes y la atrayente y gloriosa boca eran atributos muy sensuales, y eso sin mirar el resto de su cuerpo. Se excitaba sólo con mirarla. Recordar cómo ella le había respondido no mejoró su situación. Necesitaba una ducha fría. Necesitaba una mujer. Le enfurecía tener tan poco control sobre su cuerpo.

Cuando Molly terminó de ayudar a cargar la furgoneta del catering, las salas estaban prácticamente vacías. Se puso el abrigo y se dirigió hacia la parte delantera de la casa para ir al lugar en el que había aparcado su coche. Le sorprendió encontrarse al banquero español en la calzada.



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