
Era una noche fría y ventosa y él no llevaba abrigo sobre el traje. El viento aullaba por la calle y parecía estar completamente helado.
– ¿No ha llegado aún tu taxi? -le preguntó ella, sin poder contenerse.
– Aparentemente, están muy ocupados esta noche. Creo que no he tenido tanto frío en toda mi vida. ¿Cómo se puede soportar este clima? -preguntó Leandro sin poder evitar que le castañetearan los dientes.
– Es lo que hay -dijo ella. La noche era tan fría que sin que pudiera evitarlo, se le ablandó el corazón-. Mira, me ofrecería a llevarte a tu casa, pero no quiero que te lleves la idea equivocada…
– ¿Y cómo me podía llevar la idea equivocada? -le preguntó Leandro. Sabía que iba a pasar mucho tiempo antes de que volviera a salir a una fiesta sin su chófer. Hasta que fue demasiado tarde, no se le había ocurrido que no podía marcharse a casa tras haber tomado unas copas.
– No te estoy acosando ni estoy expresando ningún interés personal en ti -replicó ella.
Leandro no pudo evitar sonreír porque él estaba pensando justamente lo contrario: que si la dejaba marcharse jamás volvería a verla. Jamás. Se había dado cuenta de que no estaba preparado para aceptar aquella eventualidad.
– Sé que no me estás acosando. Acepto que me lleves -murmuró suavemente.
– Iré a por mi coche -replicó ella. Cruzó la carretera y se dirigió al lugar donde estaba aparcado su antiguo Mini. Mientras abría la puerta y se sentaba en su interior para arrancarlo, no pudo dejar de arrepentirse de lo que había hecho. ¿Por qué no había podido marcharse sin decirle nada? Además, no le había preguntado dónde vivía. Seguro que no le pillaba de camino.
La aparición del brillante coche rojo sorprendió inicialmente a Leandro. Para poder entrar, se dio cuenta de que tenía que echar para atrás el asiento y así poder encajar su altura en un espacio tan pequeño.
