
– Veo que te gusta el rojo.
– Así resulta más fácil verlo en el aparcamiento. ¿Dónde vives?
La dirección de Leandro era tan exclusiva como ella se había temido, pero no estaba muy lejos de la parte de la ciudad en la que estaban.
– ¿Cómo llegaste a la recepción esta tarde?
– En coche, pero he bebido demasiado como para poder conducir.
– ¿Por eso dijiste que no te estabas comportando según eres?
– No. Hoy es el aniversario de la muerte de mi esposa. Falleció hace un año. Llevo algo desasosegado toda la semana -respondió Leandro. Inmediatamente se preguntó por qué le estaba contando algo tan personal a una desconocida.
– Vaya, lo siento mucho -dijo ella-. ¿Estaba enferma?
– No. Tuvo un accidente de coche. Culpa mía. Tuvimos un… intercambio de palabras antes de que ella se marchara…
– No creo que fuera culpa tuya -le aseguró firmemente Molly-. No deberías estar culpándote. A menos que estuvieras físicamente detrás del volante, sólo se trató de un trágico accidente. No es bueno pensar que fue de otra manera.
Molly pensó que aquella confesión significaba que era viudo. No sabía como se sentía ella al respecto. ¿Y él?
– Te sientes culpable por haberme besado, ¿verdad? -añadió.
– No creo que debamos hablar de ese tema -replicó él.
Al cambiar de marcha, Molly le rozó accidentalmente el muslo.
– Lo siento -murmuró ella, algo incómoda-. No hay mucho sitio en este coche.
El ambiente era muy tenso.
– ¿Cuánto tiempo llevas trabajando de camarera? -le preguntó Leandro para tratar de romper el incómodo silencio que reinaba en el pequeño espacio del coche.
– Empecé a trabajar a tiempo parcial cuando estaba en la universidad. Mi sueldo me ayudaba a pagar mi préstamo de estudios. Cuando tengo tiempo, soy ceramista, pero necesito trabajar de camarera para pagar mis facturas.
