El silencio volvió a reinar entre ellos. Molly aparcó junto a un moderno edificio de apartamentos que él le indicó. Leandro le dio las gracias y trató de salir del coche, pero la puerta no se abría. El picaporte defectuoso, que ella creía que Jez había arreglado, volvía a hacer de las suyas. Molly se disculpó y salió corriendo del pequeño vehículo para abrir la puerta del pasajero desde el exterior.

Leandro se bajó y se estiró, aliviado de poder salir del limitado espacio interior del coche. Se dio cuenta de que Molly le llegaba a mitad del torso, pero decidió que había algo muy femenino en su diminuta estatura. Sin que pudiera evitarlo, se imaginó levantándola contra él. Le costó mucho rechazar este pensamiento. De todas formas, su cuerpo reaccionó con inmediato entusiasmo. Quería tomarla entre sus brazos y hacerle el amor. Estaba asombrado de lo mucho que le costó mantener las manos alejadas de ella, y furioso por no poder mantener su libido bajo control.

Con una rápida despedida, Molly volvió a meterse en el coche. Desde su interior, vio como él cruzaba la calle, se metía en el interior de un vestíbulo bien iluminado, intercambiaba un breve saludo con el portero y desaparecía de su vista. Se sintió terriblemente desilusionada de que él se hubiera marchado.

Sacudió la cabeza por su propia necedad y se inclinó hacia un lado para ponerse el cinturón de seguridad. Entonces, se dio cuenta de que había algo sobre el suelo. Se estiró para poder recoger el objeto y vio que se trataba de la cartera de un hombre, cartera que sólo podía pertenecer al hombre que acababa de salir del coche. Con un gruñido de impaciencia, volvió a salir del coche.

El portero no tuvo problema alguno en identificar la persona a la que ella se refería y se ofreció a entregarle la cartera. Sin embargo, Molly prefería darle la cartera personalmente. El portero trató de llamar al apartamento de Leandro, pero, como no consiguió respuesta, le aconsejó que subiera al último piso en el ascensor.



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