Mientras subía, Molly se preguntó a qué estaba jugando. Estaba literalmente persiguiéndolo. Tal vez debería dejar que fuera el portero quien le entregara la cartera. ¿Acaso había estado buscando una excusa para volver a ver a Leandro? Estaba empezando a tener dudas cuando las puertas del ascensor se abrieron. Salió a un vestíbulo semicircular. Leandro estaba delante de la única puerta registrándose los bolsillos. Al oír el sonido del ascensor, se dio la vuelta. Por el gesto que se reflejó en su rostro, se quedó muy sorprendido al verla.

– ¿Es esto lo que estás buscando? -le preguntó Molly mientras le mostraba la cartera-. La encontré en el suelo de mi coche.

– Es exactamente lo que estaba buscando -replicó. Abrió la cartera y sacó una tarjeta con la que abrió la puerta directamente-. Gracias… No, no te marches -añadió, al ver que ella hacía ademán de volver a meterse en el ascensor-. Entra a tomarte una copa conmigo.

– No, no puedo. No he subido para eso.

– Debería haber sido la razón principal -dijo él observándola con intensidad-. ¿Por qué estamos los dos intentando que esto no ocurra?

Molly no tuvo que preguntarle a qué se refería porque ya lo sabía. Desde el momento en el que lo vio, sólo había podido pensar en él. Sólo pensar que existía la posibilidad de que jamás volviera a verlo a pesar de que no lo conocía le disgustaba profundamente. Se sentía atraída a él como el hierro al imán y le resultaba imposible hacer nada para contener esa atracción.

– ¡Porque es una locura! -exclamó Molly dando un paso atrás.

Leandro le agarró la muñeca con una mano y la hizo entrar en su apartamento.

– No quiero permanecer aquí fuera hablando -susurró-. Todos nuestros movimientos están siendo grabados por cámaras de seguridad -explicó.

Encendió las luces del apartamento para iluminar un enorme vestíbulo de suelos de mármol y una hermosa mesa de cristal con una escultura de bronce encima. Lo que veía a su alrededor parecía el interior de una revista de decoración y eso la ponía muy nerviosa.



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