
– ¡Mira cómo vives! -exclamó ella señalando a su alrededor-. Eres banquero. Yo soy una camarera. Es como si fuéramos habitantes de planetas diferentes.
– Tal vez esa novedad sea parte de la atracción y, ¿por qué no? -dijo él, agarrándole también la otra muñeca-. No quiero que te marches…
Comenzó a frotarle suavemente la muñeca con las yemas de los dedos. Cuando ella lo miró, supo que había cometido un error fatal. Ya no podía pensar y mucho menos respirar. Aunque no quería marcharse, en su vida casi nunca corría riesgos de ninguna clase. Había aprendido que los costes de ser otra cosa que una mujer sensata y cauta eran demasiado altos y dolorosos.
– Me aterroriza sentirme así -confesó.
– Tú me haces sentirme más vivo de lo que me he sentido en años… Eso no es motivo de miedo, sino de celebración…
A Molly le turbó profundamente que él estuviera describiendo exactamente lo que ella también estaba sintiendo. De algún modo, hacía que su reacción para con él resultara más aceptable y esto la ayudaba a dejar de escuchar la voz de su conciencia. La energía sensual se había desatado por completo en ella y le recorría todo el cuerpo, tensándole los pezones y llenándole la entrepierna de un calor líquido en una tormenta de poderosas sensaciones físicas que la volvían completamente loca. Entonces, Leandro se inclinó sobre ella y la besó apasionadamente.
Molly contuvo el aliento. Tanta urgencia era precisamente lo que deseaba su cuerpo. Sintió que él le quitaba el abrigo. Era como si estuviera pegada al musculoso cuerpo de Leandro. Los senos se aplastaban contra el fuerte tórax y los labios se separaban para dar la bienvenida a los eróticos movimientos de la lengua de él en la boca.
Al notar cómo ella respondía, Leandro se echó a temblar. Le bajó las manos a las caderas y la levantó hacia él. Molly le rodeó el cuello con los brazos y le devolvió el beso con idéntico fervor.
