
– Ahora estás a mi nivel, por lo que será mucho más fácil besarte -susurró. Le soltó el cabello e hizo que la espesa melena de rizos negros le cayera sobre los hombros-. Tienes un cabello muy hermoso…
– Es demasiado abundante y, además, está demasiado rizado.
– A mí no me lo parece, querida -musitó él. Comenzó a acariciarle posesivamente el cuerpo. Con los pulgares, le rozó los protuberantes pezones, que se veían a través de la fina blusa de algodón-. Y también tienes un cuerpo muy hermoso…
El intenso deseo que recorría a Molly estaba alcanzando niveles de impaciencia. Se inclinó hacia delante y rozó los labios de él con los suyos de una manera experimental mientras le iba quitando la corbata de seda. Entonces, le miró a los ojos, que eran tan oscuros como el ébano y tan insoldables como la noche.
– Espero que esto no sea un error -musitó ella, consciente de que estaba arriesgándose mucho con él al arrojar la cautela a los cuatro vientos.
Leandro se quitó la chaqueta y la besó apasionadamente, hasta dejarla prácticamente sin aliento.
– Nada que es tan bueno como esto podría ser un error -afirmó.
Molly se preguntó si él se sentiría del mismo modo por la mañana. También se preguntó cómo se sentiría ella, pero, mientras las hábiles manos de Leandro la acariciaran le resultaría imposible pensar en el futuro. El le desabrochó la cremallera de la falda y se la bajó. Tras quitársela, comenzó a desabrocharle con idéntica rapidez los botones de la blusa, para despojarla de ella con idéntica rapidez. La facilidad con la que la estaba desnudando sugería un nivel de sofisticación que la ponía nerviosa. Los pechos sobresalían de las copas del sujetador y él se los moldeó con un masculino gruñido de apreciación. Entonces, con los dedos, torturó los pezones y luego pasó a estimularlos con la boca y lengua.
