
– No creo que eso me ayudara en nada. De hecho, me parece una idea descabellada -le espetó fríamente Leandro-. Cuando decida casarme, y eso si quiero hacerlo, seré yo quien elija a mi esposa.
Su tía Isabel decidió no guardar silencio. Propuso una candidata de una familia tan rica e importante como la suya. Leandro le lanzó una mirada de desprecio, pero su madre no se achantó. Fue aún más rápida que su hermana a la hora de sugerir el nombre de su candidata, una joven viuda con un hijo y, por lo tanto, y según sus propios términos, de «fertilidad demostrada». Una expresión de profundo desagrado recorrió los hermosos rasgos de Leandro. Sabía exactamente lo que su madre quería decir con eso. Estefanía, su hermana mayor, no se rindió tampoco y sugirió el hombre de la hija adolescente de una amiga íntima como candidata a ser la perfecta esposa. Leandro estuvo a punto de soltar la carcajada. Como él bien sabía, el matrimonio podía ser una relación llena de desafíos, incluso para aquellos que parecen ser la pareja perfecta.
– Celebraremos una fiesta e invitaremos a algunas mujeres adecuadas -anunció doña María, siguiendo con el tema con la obstinada insensibilidad de una mujer acostumbrada a salirse con la suya-, pero no invitaremos a tu candidata, Estefanía. Realmente no creo que una muchacha tan joven pudiera ser apropiada. La esposa de un Márquez tiene que ser una mujer madura, buena conocedora de la etiqueta, educada y socialmente aceptable, además de provenir de una familia adecuada.
– No pienso asistir a esa fiesta -declaró Leandro sin dudarlo-. En estos momentos, no tengo intención alguna de volver a casarme.
Julia tomó la palabra.
– Pero si al menos fueras a la fiesta, podrías enamorarte de alguien.
– Leandro es el duque de Sandoval -replicó doña María en tono desafiante-. Por suerte, sabe quién es y sabe que no debe pensar en esas tonterías.
