
– No habrá fiesta -decretó Leandro. Una ira implacable había ido prendiendo poco a poco dentro de él. Apenas si se podía creer que su propia familia pudiera estar tratando de dirigir su vida de aquel modo.
– Tan sólo estamos pensando en ti y en lo mejor para ti -murmuró doña María dulcemente.
Leandro observó a su madre, que lo había enviado a un internado en Inglaterra cuando sólo tenía seis años y que había permanecido impertérrita ante las cartas suplicantes que él le enviaba para que le permitiera regresar a su casa.
– Sé lo que es mejor para mí, mamá. Un hombre debe actuar por sí mismo en un asunto tan personal.
– ¡Feliz cumpleaños, Molly! ¿Qué te parece? -preguntó Jez Andrews. Entonces, dio un paso atrás y señaló el coche con un gesto parecido a una reverencia.
Molly Chapman estudió con los ojos abiertos de par en par su viejo coche, al que Jez había repintado del color cereza que a ella tanto le gustaba. Rodeó el vehículo asombrada por la transformación, que había borrado todo rastro de herrumbre, golpes y arañazos.
– ¡Es increíble! Has hecho un milagro, Jez.
– Para eso están los amigos. Espero que consiga pasar la ITV sin problema alguno. He cambiado también muchas piezas. Sabía que ayudarte a mantener tu coche en la carretera era el mejor regalo que podía hacerte -admitió su amigo y casero.
Molly le rodeó el cuello con los brazos y lo estrechó con fuerza contra su cuerpo. Jez era un hombre corpulento, de cabello claro y más alto que Molly. Esta era muy menuda con una melena de rizos oscuros y enormes ojos verdes.
– No sé cómo darte las gracias…
Jez se encogió de hombros y dio un paso atrás. Estaba avergonzado por aquella demostración de gratitud.
– No hay de qué -dijo, tímidamente.
Molly conocía el verdadero valor de tanta generosidad y le emocionaba profundamente que él hubiera sacrificado tiempo libre para trabajar en su desvencijado coche. Jez era su amigo íntimo y él sabía que Molly necesitaba el vehículo para recorrer las tiendas y las ferias de artesanía en las que ella vendía sus objetos de cerámica los fines de semana. Molly y Jez habían vivido en familias de acogida de pequeños y sus vínculos se remontaban muy atrás en el tiempo.
