
– No te olvides que esta noche me voy a quedar en casa de Ida -le recordó Jez-. Te veré mañana.
– ¿Cómo está Ida?
Al pensar en la anciana, Jez lanzó un suspiro.
– Tan bien como se puede esperar. Es decir, no es que se vaya a poner mejor.
– ¿Se sabe ya cuándo la van a llevar al asilo?
– No, pero está la primera de la lista.
Era propio de Jez cuidar de la mujer que lo había acogido a él durante un tiempo cuando era un adolescente. Con este pensamiento, Molly regresó a la casa. Ya casi era hora de que se marchara a trabajar. Jez había heredado aquella casa en Hackney de un tío soltero. Ese golpe de buena fortuna le había dado la posibilidad de conseguir el dinero suficiente para montar un taller de reparación de coches con el que se ganaba cómodamente la vida. A Jez le había faltado tiempo para ofrecerle a Molly un pequeño estudio en su casa y la valiosa oportunidad de utilizar el cobertizo de piedra que había en el jardín para colocar un horno para cocer cerámica.
Sin embargo, hasta el momento, no había tenido éxito. Había acabado sus estudios de arte con grandes esperanzas para el futuro, pero aunque trabajaba todas las horas que podía para la empresa de catering que le daba trabajo, le costaba pagar el alquiler y las facturas. Su sueño era poder vender suficientes piezas de cerámica, que hacía en su tiempo libre, para poder dedicarse a tiempo completo a tu trabajo como ceramista. A menudo se sentía un fracaso en su faceta artística porque no parecía que fuera a conseguir su objetivo.
Como Jez, Molly tenía un pasado triste, lleno de cambios constantes, relaciones rotas e inseguridad. Su madre había muerto cuando ella tenía nueve años y su abuela decidió ponerla a ella en adopción mientras que elegía quedarse con Ophelia, la hermana mayor de Molly, que ya era una adolescente.
