Molly jamás había conseguido recuperarse del hecho de que su abuela la hubieran entregado a los servicios sociales porque, al contrario que su hermana, ella era ilegítima y, peor aún, la vergonzante prueba de que su madre había tenido una aventura con un hombre casado. El profundo dolor de aquel rechazo provocó que Molly no buscara mantener contacto con sus parientes biológicos cuando se hizo mayor. Incluso en el presente, a sus veintidós años, solía bloquear los recuerdos de aquellos primeros años de su vida y se recriminaba constantemente que aquellos momentos aún pudieran hacerle daño. Era una superviviente que, aunque se enorgullecía de ser muy dura, tenía el corazón tan blando como el mazapán.

Aquella tarde, sus jefes se ocupaban de la recepción de una boda en una enorme casa de St. John Wood. Se trataba de un cliente nuevo, muy elegante, y Brian, el jefe de Molly, estaba muy nervioso, ansioso de que todo saliera bien. Molly se anudó el delantal sobre la estrecha falda negra y blusa blanca que llevaba para trabajar. La madre de la novia, Krystal Forfar, una nerviosa rubia, no hacía más que darle instrucciones a Brian con voz aguda.

Brian le hizo una indicación a Molly.

– Esta es la camarera jefe, Molly. Esta noche vendrá un invitado a la fiesta…

– Se trata del señor Leandro Carrera Márquez -explicó con voz altiva la madre de la novia, pronunciando el nombre con la ampulosidad que la mayoría de la gente reservaba para la realeza-. Es un banquero español y, como jefe de mi esposo, nuestro invitado más importante. Ocúpese de él personalmente y asegúrese de que no le falte de nada. No deseo que su copa esté nunca vacía. Le indicaré de quién se trata en cuanto entre.

– Bien -asintió Molly. Entonces, volvió corriendo a la cocina, donde estaba ayudando a desempaquetar todo lo necesario.



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