– ¿Para qué te han llamado? -le preguntó Vanessa, una compañera. Molly le explicó rápidamente el contenido de la conversación-. Estoy segura de que será otro estirado con más dinero que sentido común.

– Si es banquero, debería tener las dos cosas -comentó Molly en tono jocoso.

La novia, que estaba deslumbrante con un vestido de raso blanco, apareció con su madre para comprobar cómo estaban las mesas del bufé. Mientras que su madre le arreglaba el vestido y la tiara, la novia comenzó a quejarse del color de las servilletas, que no eran del que ella había elegido. Brian se disculpó inmediatamente y explicó el porqué de la sustitución mientras que Molly se preguntaba por qué ella había fallado a la hora de conseguir el amor de su madre. Recordó que el único afecto que había recibido en los primeros nueve años de su vida había sido el de su hermana. ¿Se habría avergonzado su madre también del hecho de que ella fuera ilegítima?

Unos minutos más tarde, Molly tuvo que acudir a la puerta para que le indicaran quién era el banquero español. El hombre, alto y muy moreno, estaba charlando animadamente con los padres de la novia, y era tan guapo que Molly sintió que, al verlo, el corazón le daba un vuelco. Su rostro era arrebatador. Tenía el cabello negro, muy corto y el rostro delgado y bronceado. Tenía la suerte de contar con los hombros anchos y fuertes, las estrechas caderas, y los largos y musculosos miembros de un dios clásico.

– Ve a ofrecerle al VIP algo de beber -le dijo Brian.

Molly contuvo el aliento. Se sentía algo turbada y avergonzada por el efecto que el guapo español había tenido sobre ella. No era propio de ella. Jamás había reaccionado ante los hombres del mismo modo que sus amigas. Las volátiles relaciones de su madre con una larga hilera de hombres que la habían tratado muy mal habían dejado huella en ella incluso a una edad tan temprana. Ya entonces había sabido que buscaba algo muy diferente para sí misma, algo más que el sexo casual con hombres que no querían compromiso alguno.



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