– Olivas, dejemos algo claro antes de ir a ninguna parte: si me vuelve a llamar campeón, voy a meterle el expediente por el culo sin sacarlo del maletín.

Olivas levantó las manos en ademán de rendición.

– Lo que usted diga.

Sostuvo la puerta y accedieron a un recibidor interno. Recorrieron un largo pasillo y giraron dos veces a la derecha antes de llegar al despacho de O'Shea. Era amplio, especialmente según los criterios de la fiscalía. Las más de las veces, los fiscales comparten despacho, con dos o cuatro en cada uno, y celebran sus reuniones en salas de interrogatorios situadas al final de cada pasillo y utilizadas según un horario estricto. En cambio, la oficina de O'Shea era de tamaño doble, con espacio para un escritorio grande como un piano de cola y una zona de asientos separada. Ser el jefe de Casos Especiales obviamente tenía sus ventajas. Y ser el heredero aparente del cargo principal también.

O'Shea les dio la bienvenida desde detrás de su escritorio, levantándose para estrecharles las manos. Rondaba los cuarenta años y tenía un porte atractivo, con el pelo negro azabache. Era de corta estatura, como Bosch ya sabía, aunque no lo había visto nunca en persona. Al ver las noticias del preliminar del caso Waits se había fijado en que la mayoría de periodistas que se concentraban en torno a O'Shea, en el pasillo exterior de la sala, eran más altos que el hombre al que señalaban con sus micrófonos. Personalmente, a Bosch le gustaban los fiscales bajos. Siempre estaban tratando de reivindicarse y normalmente era el acusado el que acababa pagando el precio.

Todo el mundo tomó asiento, O'Shea detrás del escritorio, Bosch y Rider en sillas situadas enfrente del fiscal, y Olivas en el lado derecho, en una silla posicionada delante de una pila de carteles que decían Rick O'Shea hasta el final apoyados contra la pared.

– Gracias por venir, detectives -dijo O'Shea-. Empecemos por aclarar un poco la situación. Freddy me dice que ustedes dos han tenido un inicio complicado.



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