
— ¿Qué ocurre? — preguntó, nervioso, el cibernético. Oyeron crujir sus articulaciones. Se puso en pie.
— Siéntate — dijo suave, pero firmemente, el coordinador.
— ¿Creen ustedes que la escotilla se habrá fundido con el blindaje?
— No necesariamente — dijo el ingeniero —. ¿Tienes idea de lo que ha ocurrido?
— A ciencia cierta, no. Hemos entrado a velocidad cósmica en la atmósfera en un punto en que no debería haberla. ¿Y por qué? El autómata ha podido equivocarse.
— El autómata no se ha equivocado. Nos hemos equivocado nosotros — replicó el coordinador —. Nos olvidamos de introducir la corrección de cola.
— ¿Corrección de cola? ¿Qué quieres decir?
— La cola de gas que, en dirección opuesta a la de su movimiento, forma todo planeta que posee atmósfera. ¿No has oído hablar de esto?
— Sí, claro. ¿Hemos chocado con esa cola? ¿No debería ser muy tenue?
— Diez a menos seis — contestó el coordinador —. Algo de ese orden. Pero veníamos a más de setenta kilómetros por segundo, amigo. Ha sido como chocar contra una pared. Fue la primera sacudida, ¿recuerdan?
— Sí — prosiguió el ingeniero—, y cuando penetramos en la estratosfera todavía íbamos a diez o doce. En realidad, el cohete debería haberse desintegrado en mil pedazos. Es sorprendente que haya podido resistir.
— ¿El cohete?
— Está calculado para una sobrecarga de veinte. Pero antes de romperse la pantalla vi con mis propios ojos cómo saltaba la aguja de la escala. Y la escala tiene un margen de reserva de hasta treinta.
— ¿Y nosotros?
— ¿Cómo nosotros?
— ¿Cómo hemos podido resistir nosotros? ¿Intentas decir que la presión alcanzó treinta g?
— No de forma continuada. Sólo en los momentos de máxima presión. Los frenos actuaron a tope. Por eso se produjeron las vibraciones.
