
Los trajes espaciales colgaban intactos en el liso armario empotrado. Ahora estaban en posición horizontal. Ascendieron por él.
— ¿Salimos todos? — preguntó el químico.
— Primero vamos a intentar abrir la puerta.
Estaba bloqueada, como fundida con el casco. Las palancas no avanzaron ni un solo milímetro. Empujaron los seis al mismo tiempo, intentaron aflojar las tuercas, tantearon una y otra vez, por un lado, por el otro, pero las tuercas no cedieron.
— Ya se ve que lo principal no es llegar, sino desembarcar — observó el doctor.
— Sano sentido del humor — farfulló el ingeniero. El sudor le corría por la frente. Se sentaron sobre el armario empotrado.
— Tengo hambre — confesó el cibernético en medio del silencio general.
— Pues a comer entonces.
El físico se ofreció a subir al almacén de provisiones.
— Es mejor ir antes a la cocina. Quizá algo del frigorífico…
— Solo no podré. Habrá que retirar primero media tonelada de chatarra para llegar hasta las provisiones. ¿Quién me acompaña?
Se ofreció el doctor. No sin cierta renuencia, se sumó el químico. Cuando sus cabezas desaparecieron tras la puerta abierta de la escotilla y se extinguió el último resplandor de la linterna que se habían llevado consigo, el coordinador empezó a hablar en voz baja:
— Preferiría no tener que decir nada. ¿Tienen idea de cuál es nuestra situación?
— Por supuesto…
El ingeniero tanteaba en las tinieblas, buscando con las manos las suelas de los zapatos del coordinador. Necesitaba este contacto.
— ¿Supones que no podremos perforar la escotilla?
— ¿Y con qué lo haríamos?
— Con un soplete eléctrico o de gas… Podemos cortarla con él y…
— ¿Has oído hablar alguna vez de un soplete autógeno capaz de cortar un cuarto de metro de keramit?
Se sumieron de nuevo en el silencio. Desde las profundidades de la nave espacial llegaba un sordo retumbo, como de catacumbas de acero.
