— Pero los autómatas lo equilibraron, y de no haber sido por los compresores… — replicó el cibernético con tono obstinado. Pero se detuvo, porque desde el fondo de la nave llegaba el ruido de un objeto. Sonaba como ruedas de hierro rodando sobre planchas de hojalata. Luego volvió el silencio.

— ¿Qué querías de los compresores? — preguntó el ingeniero —. Cuando vayamos a la sala de máquinas te demostraré que han rendido cinco veces más de lo que podían. Además, son sólo instrumentos auxiliares. Primero, sus soportes saltaron en pedazos, y cuando empezaron las vibraciones…

— ¿Te refieres a la resonancia?

— La resonancia es otra cosa. En realidad, deberíamos haber quedado destrozados en un trecho de pocos kilómetros, como le pasó a Frachter en Neptuno, ¿lo recuerdas? Te podrás convencer por ti mismo cuando veas la sala de máquinas. Te puedo adelantar ya lo que ha pasado.

— No me apetece lo más mínimo inspeccionar la sala de máquinas. ¡Maldición! ¿Por qué tardan tanto? Con esta oscuridad le duelen a uno los ojos.

— Pronto tendremos luz, nada de pánico — le animó el ingeniero.

Mantenía, al parecer sin darse cuenta, las puntas de los dedos en los pies del coordinador, que permanecía inmóvil y escuchaba en silencio la conversación.

— Vamos a ir a la sala de máquinas, aunque no sea más que por no aburrirnos. ¿Qué otra cosa podemos hacer?

— ¿Crees en serio que no podremos salir de aquí?

— ¡Ah, vaya! Lo he dicho sólo por diversión. Me gustan estas bromas.

— Déjenlo ya — dijo el coordinador —. Hay una salida de emergencia.

— ¡Hombre! Está exactamente debajo de nosotros. Es evidente que el cohete se ha hundido muchísimo, y no estoy seguro de si el lado donde está la escotilla llegue al nivel del suelo.

— ¿Y eso qué importa? Tenemos las herramientas necesarias para excavar un túnel.



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