
— ¿Y la escotilla de carga? — preguntó el cibernético.
— Está inundada — explicó lacónicamente el ingeniero —. He echado una ojeada a la sala de control. Uno de los contenedores principales ha debido agrietarse. El agua alcanza por lo menos dos metros. Y probablemente está contaminada.
— ¿Cómo lo sabes?
— Porque es lo que ocurre siempre. Lo primero que se escapa es el agua de refrigeración del reactor. ¿Es que no lo sabes? Puedes olvidarte de la escotilla de carga. Sólo podemos salir por aquí, y eso si…
— Excavaremos el túnel — repitió el coordinador en voz baja.
— Técnicamente es posible — asintió el ingeniero. Volvió el silencio. Se acercó el rumor de pasos y en el corredor, debajo de ellos, brilló la luz. Entornaron los ojos.
— Jamón, galletas, lengua o algo parecido en lata. ¡Las últimas reservas! Aquí tenemos chocolate y ahí unos termos. ¡Sube eso!
El doctor fue el primero en llegar a la escotilla. Alumbró con la linterna cuando entraron en la cámara y depositaron las latas de conserva. También traían platos de aluminio.
Comieron en silencio, a la luz de la linterna.
— ¡Así que los termos no se han roto! — dijo asombrado el cibernético mientras se servía café.
— Curioso, pero es así. Con las conservas, las cosas no están demasiado mal. Pero la instalación de refrigeración, el frigorífico, los hornos, el pequeño aparato de sintetización, la estación depuradora, los filtros de agua, todo se ha roto.
— ¿También la estación depuradora? — preguntó preocupado el cibernético.
— Sí. Tal vez podríamos repararla, si tuviéramos las herramientas necesarias. Pero estamos en un círculo vicioso. Para poner en marcha cualquier aparato, hasta el más simple, necesitamos la corriente. Y para tener corriente debemos reparar antes los instrumentos auxiliares, y para esto necesitamos un semiautómata.
— ¿Ya han analizado a fondo las posibilidades, ustedes, hombres de la técnica? ¿Cuál es el resultado? ¿Dónde hay un rayo de esperanza?
