
El doctor depositó una gruesa capa de mantequilla sobre la galleta y puso encima jamón. Prosiguió, sin esperar la respuesta:
— De joven leí tantos libros sobre astronáutica que creo que pesarían más que nuestra encallada nave espacial. Pues aun así, no conozco ni un solo relato, ninguna aventura, ni siquiera una anécdota, sobre lo que nos ha pasado a nosotros. No comprendo cómo ha podido ocurrir.
— Porque el tema es aburrido — dijo sarcásticamente el cibernético.
— Sí, desde luego, es algo nuevo. Un Robinson interplanetario — dijo el doctor desenroscando el tapón de su termo —. Cuando vuelva a casa intentaré escribirlo, si tengo suficiente talento para ello.
De pronto se hizo el silencio. Recogieron las latas de conservas. El físico propuso guardarlas en el armario, junto a los trajes espaciales. Entonces volvieron a la pared, porque la puerta del suelo no podía abrirse de otro modo.
— ¿Saben una cosa? Hemos oído sonidos muy extraños cuando estábamos buscando en el almacén — dijo el químico.
— ¿Qué sonidos?
— Gemidos y crujidos. Como si nos estuviera oprimiendo un peso.
— ¿Crees que ha caído alguna roca encima de nosotros? — preguntó el cibernético.
— Es algo completamente diferente — explicó el ingeniero —. La capa exterior del cohete se ha recalentado mucho al penetrar en la atmósfera. Incluso es posible que la punta se haya fundido un poco. Algunas partes vuelven a solidificarse ahora, se desplazan, se producen tensiones internas y entonces se oye ese ruido. Podemos oírlo ahora mismo.
Callaron. Sus rostros estaban iluminados por la luz de la linterna colocada sobre una superficie lisa, encima de la entrada. Del interior de la nave espacial llegó un gemido penetrante, una serie de ruidos breves, cada vez más bajos. Y luego siguió el silencio.
