— Quizá es un autómata.

En la voz del cibernético afloraba un hilo de esperanza.

— Lo has visto tú mismo.

— Sí, pero no hemos mirado todavía en la escotilla de emergencia.

El cibernético se inclinó en la oscuridad, y gritó desde el borde de la escotilla:

— ¡Autómatas de reserva, escuchen!

La voz resonó en el vacío. No hubo respuesta.

— Ven aquí, vamos a examinar la entrada.

El ingeniero se arrodilló ante la abovedada plancha, acercó los ojos al borde e iluminó centímetro a centímetro las juntas. La mancha de luz se deslizó sobre los cierres herméticos, marcados con una fina red de grietas.

— Por dentro no hay nada fundido, lo que no tiene nada de extraño, ya que el keramit es un mal conductor del calor.

— Podríamos intentarlo de nuevo — sugirió el doctor, y agarró la manivela.

— Eso no tiene sentido — protestó el químico.

El ingeniero puso la mano sobre la plancha y se levantó de un salto.

— ¡Muchachos! ¡Necesitamos agua, mucha agua fría!

— ¿Para qué?

— Toca la plancha. Está caliente, ¿verdad?

Varias manos la tocaron a la vez.

— Tan caliente que quema los dedos — dijo alguien.

— Ésa es nuestra salvación.

— ¿Por qué?

— El casco se ha recalentado. Por tanto, la escotilla también se ha recalentado y dilatado. Si ahora la enfriamos bruscamente, se contraerá y tal vez pueda abrirse.

— El agua no es suficiente. Quizás queda hielo. Debe haber algo todavía en la instalación frigorífica — dijo el coordinador.

Uno tras otro se precipitaron al pasillo, que resonaba bajo sus pasos.

El coordinador se quedó, con el ingeniero, junto a la entrada.

— Cederá — susurró en voz baja, como para sí mismo —. Si no se ha fundido.

El ingeniero tanteaba los bordes con las manos como para comprobar el grado de recalentamiento.



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