
También el día siguiente se consumió en los trabajos de excavación del túnel. En la cabina, la tierra alcanzaba tal altura que resultaba cada vez más difícil echarla a través de la puerta. Le llegó el turno a la biblioteca. El doctor manifestó alguna renuencia, pero el químico, con el que transportaba un cubo de hojalata, arrojó, sin vacilar, la tierra sobre los libros.
El túnel se abrió de una forma completamente inesperada. El suelo se había ido volviendo más seco y menos consistente, pero los demás no habían compartido esta observación del físico. La marga que iban echando al interior del cohete seguía teniendo el mismo aspecto que al principio. El ingeniero y el coordinador acababan de ocupar de nuevo la línea de vanguardia y, con las herramientas todavía calientes por las manos de sus predecesores, habían descargado los primeros golpes sobre el terrón que sobresalía de la tosca pared, cuando desapareció súbitamente la capa de tierra y una suave bocanada de aire penetró por la abertura que se había formado. Sintieron la leve corriente, porque la presión en el exterior era ligeramente más elevada que la del túnel y el cohete. Picos y barras de acero empezaron a excavar febrilmente. Nadie se preocupaba ya de transportar la tierra. Los hombres que no podían trabajar en primera línea, porque no había espacio suficiente, permanecían detrás, listos para intervenir. Tras los últimos golpes, el ingeniero se dispuso a trepar afuera, pero el coordinador le detuvo. Primero había que ensanchar la abertura de la salida. Además, hizo trasladar el último montón de tierra al cohete, para que el túnel quedara despejado. Al cabo de unos pocos minutos, los seis hombres pudieron alcanzar, a través de la irregular abertura, la superficie del planeta.
