Los músculos, rígidos a la espera del choque final, se relajaron. El cohete descendió sobre la columna de fuego. Las toberas vibraron suavemente. Pero sólo durante algunos minutos. Luego, un estremecimiento sacudió las paredes. La vibración fue en aumento. Seguramente se habían aflojado las suspensiones de los soportes de las turbinas. Los hombres se miraron. Ninguno habló. Sabían que todo dependía de si los rotores aguantaban el esfuerzo.

La cabina es estremeció súbitamente, como si descargaran sobre ella los furiosos golpes de un martillo de acero. La gruesa lente convexa de la última pantalla se agrietó en una densa tela de araña y se extinguió su fosforescente cristal. Desde abajo ascendía el pálido resplandor de las luces de avería, que proyectaban contra las paredes las sombras agigantadas de los hombres.

El estruendo se convirtió en bramido. Debajo de ellos algo se roía, se rompía, se partía con estridencia metálica. El casco, atrapado en una terrible sacudida, siguió su vuelo a ciegas, como muerto. Se encogieron, reteniendo el aliento. El caos y las tinieblas eran totales. De pronto, sus cuerpos se vieron impelidos hacia adelante en las largas cuerdas de nylon y estuvieron a punto de aplastarse contra los destrozados tableros de mandos. Y luego se balancearon, meciéndose suavemente, como pesados péndulos, en el espacio…

El cohete volteó como una montaña que se desploma. El estruendo parecía venir de lejos, con un débil retumbar. Masas de tierra violentamente removidas se deslizaron a lo largo de la coraza protectora exterior.

Sobrevino una quietud total. A sus pies siseaban los conductos. Algo gorgoteaba terriblemente, rápido, cada vez más rápido. El zumbido del agua que fluía, mezclado con el siseo ensordecedor, incesante, como de un líquido cayendo sobre una chapa incandescente.



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