— Seguimos con vida — dijo el químico. La oscuridad era total. No se veía absolutamente nada. Colgaba de su red de nylon, como de un saco atado con cuerdas por sus cuatro puntas. Dedujo que el cohete yacía de costado. Algo chasqueó. Una pálida llamita brotó del viejo encendedor de gasolina del doctor.

— ¿Y la tripulación? — preguntó el coordinador. Se había roto una de las cuerdas de su red. Giró lentamente. Se hallaba totalmente exhausto. Intentó en vano sujetarse a la pared a través de las mallas.

— Uno — dijo el ingeniero.

— Dos — dijo el físico.

— Tres — el químico.

— Cuatro — el cibernético. Se sujetaba la frente con las manos.

— Cinco — se anunció, en último lugar, el doctor.

— Estamos todos. Lo celebro.

La voz del coordinador era tranquila.

— ¿Los autómatas?

Silencio.

— ¿Los autómatas?

No hubo respuesta. El doctor se quemó los dedos con la llama del encendedor. Se hizo de nuevo la oscuridad.

— Siempre he sostenido que estamos hechos de mejor material — dijo el doctor en medio de las tinieblas —. ¿Alguien tiene un cuchillo?

— Yo… ¿Para cortar las cuerdas?

— Si puedes salir sin cortarlas, mejor para ti. Yo no puedo.

— Lo voy a intentar.

El químico sacudió enérgicamente las cuerdas. Se le aceleró la respiración. Algo golpeó. Tintineo de cristales.

— Estoy abajo. Quiero decir, en la pared — dijo desde el pozo de tinieblas —. Doctor, alumbra un poco para que pueda echarles una mano.

— Pero date prisa, porque la gasolina se acabará pronto.

Una vez más brotó la llama del encendedor. El químico intentó alcanzar el saco de dormir del coordinador, pero sólo llegó hasta las piernas. Finalmente, pudo abrir un poco la cremallera y el coordinador se dejó caer pesadamente sobre los pies. Entre los dos, el trabajo avanzó más rápidamente. Poco después, todos ellos estaban de pie sobre la inclinada pared de la cabina de mando, recubierta de material semielástico.



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