Capítulo Segundo

Irrumpió la luz crepuscular. El negro agujero del túnel se abría en la suave pendiente de una colina de unos pocos metros de altura. La ladera acababa muy cerca de ellos. Una amplia llanura se extendía a lo lejos, hasta donde alcanzaba la línea del horizonte, en el que brillaban ya las primeras estrellas. A una distancia considerable se perfilaban, en varios puntos, altas y delgadas formas imprecisas, parecidas a árboles. La escasa luz, que todavía dibujaba una tenue franja hacia el oeste, diluía los colores del entorno en un gris uniforme. A la izquierda se elevaba al cielo, inclinado y rígido, el redondo y poderoso casco del cohete. El ingeniero calculó su longitud en unos setenta metros. Así entonces, la nave espacial había penetrado cuarenta metros bajo el suelo de la colina. Pero en aquel momento nadie prestaba atención al enorme cilindro, que se destacaba en negro contra el firmamento, rematado por los tubos de las toberas de dirección, que sobresalían irregularmente. Aspiraron a pleno pulmón aquel aire frío, de un aroma indefinido, desconocido y apenas perceptible, y miraron mudos a su alrededor. Sólo entonces se apoderó de ellos un sentimiento de perplejidad y desorientación. Resbalaron de entre sus manos los mangos de hierro de los picos. Permanecían allí, de pie, y contemplaban el inconmensurable espacio, con las líneas del horizonte hundidas en la oscuridad y las indolentes estrellas titilando uniformemente en la altura.

— ¿La estrella Polar? — preguntó el químico en voz baja, señalando un astro lejano que brillaba débilmente en lo más profundo del firmamento.

— No, no es visible desde aquí. Ahora estamos…, bien, ahora nos hallamos bajo el polo sur de la Vía Láctea. Un momento, desde aquí deberíamos ver la Cruz del Sur…



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