
Con las cabezas echadas hacia atrás, todos ellos escudriñaban el cielo profundamente negro, en el que brillaban con intenso fulgor las constelaciones siderales. Pronunciaban nombres, señalaban con el dedo las estrellas. Esto les mantuvo excitados por algún tiempo. Las estrellas eran lo único que no les resultaba totalmente desconocido en aquella yerma y desolada llanura.
— Hace cada vez más frío, como en el desierto — dijo el coordinador —. Aquí no hay nada que hacer. Hoy no podemos emprender nada. Tenemos que regresar a la nave.
— ¿Cómo? ¿Volver a esa tumba? — gritó indignado el cibernético.
— Sin esa tumba, en dos días seríamos hombres muertos — replicó fríamente el coordinador —. No se porten como chiquillos.
Sin añadir una sola palabra dio media vuelta y volvió lentamente y con pasos regulares hacia la abertura que, a pocos metros sobre el pie de la colina, apenas se dibujaba como una mancha oscura. Deslizó primero las piernas y a continuación introdujo el cuerpo. Durante algunos instantes todavía pudo verse su cabeza. Luego desapareció.
Los hombres se miraron en silencio.
— Vamos — dijo el físico, a medias interrogando y a medias afirmando. Le siguieron vacilantes. Cuando ya los primeros se arrastraban por la boca del túnel, preguntó el ingeniero al cibernético.
— ¿Te has dado cuenta de lo extraño que huele aquí el aire?
— Sí. Es tan amargo… ¿Conoces la composición?
— Parecida a la terrestre, salvo algunas impurezas que no son nocivas. No lo sé con exactitud. Los datos están en el pequeño tomo verde que se encuentra en el segundo anaquel de la biblio…
Calló repentinamente, porque recordó de pronto que había sido él quien había sepultado la biblioteca bajo un montón de marga.
— ¡Al diablo! — exclamó, no irritado, sino más bien entristecido, y se escurrió en el oscuro agujero.
