El cibernético, que se había quedado al final, se sintió de pronto desazonado. No era miedo, sino más bien la sensación opresiva de hallarse perdido, de la terrible extrañeza del paisaje. Además, aquel retorno a las profundidades de la arcillosa excavación tenía algo de humillante.

«Como si fuéramos gusanos», se le ocurrió pensar.

Inclinó la cabeza y se deslizó, tras el ingeniero, por el interior del túnel. Pero aunque ya se había metido hasta los hombros, alzó una vez más la cabeza para despedirse con la mirada del suave parpadeo de las estrellas.

Al día siguiente algunos propusieron trasladar las provisiones a la superficie para desayunar allí. Pero el coordinador puso objeciones. Sólo acarrearía molestias innecesarias, afirmó. Así entonces, comieron a la luz de dos linternas, bajo la escotilla de entrada, y bebieron café frío. De pronto, el cibernético dijo:

— Escuchen. ¿Cómo es que durante todo este tiempo hemos tenido aire respirable?

El coordinador sonrió. Profundas arrugas se marcaban en sus hundidas mejillas.

— Los depósitos de oxígeno están intactos. El sistema de depuración ha salido peor librado. Sólo uno de los filtros funciona a ritmo normal, el químico, para los casos de averías. Los eléctricos han dejado de funcionar, por supuesto. Al cabo de seis o siete días habríamos muerto por asfixia.

— ¿Lo sabías? — preguntó el cibernético lentamente.

El coordinador no contestó, pero hubo un cambio en su sonrisa. Durante un segundo fue una sonrisa cruel.

— ¿Qué vamos a hacer? — preguntó el físico.

Lavaron los utensilios en un cubo de agua.

El doctor secó el plato con una de sus toallas.

— Aquí hay oxígeno — dijo, mientras arrojaba con estrépito su plato de aluminio sobre los otros —. Lo cual significa que hay vida. ¿Qué sabes sobre esto?

— Prácticamente nada. La sonda cósmica tomó una prueba de la atmósfera del planeta y a eso se reducen todos nuestros conocimientos.



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