— ¿Cómo? ¿Es que no aterrizó?

— No.

— Desde luego, esto sí que es un montón de novedades.

El cibernético intentaba lavarse la cara con alcohol que derramó de un frasquito en un trozo de algodón. El agua escaseaba y hacía ya dos días que no se lavaban. El físico contempló, a la luz de la linterna, el reflejo de su cara sobre la pulida superficie del climatizador.

— Eso ya es mucho — replicó suavemente el coordinador —. Si la composición atmosférica hubiera sido distinta, si no hubiera contenido oxígeno, habría tenido que matarles.

— ¿Qué estás diciendo?

El cibernético estuvo a punto de dejar caer el frasco.

— A mí mismo también, naturalmente. No habríamos tenido ni siquiera una oportunidad entre mil millones. Ahora la tenemos.

Se hizo un profundo silencio.

— ¿La existencia de oxígeno presupone que hay también plantas y animales? — preguntó el ingeniero.

— No necesariamente — respondió el químico —. En los planetas de alfa del Can Menor hay oxígeno, pero no hay ni plantas ni animales.

— Entonces, ¿qué hay?

— Lumenoides.

— ¿Esas bacterias?

— No son bacterias.

— La cuestión no tiene mucha importancia.

El doctor colocó los utensilios y cerró las latas de los alimentos.

— Ahora tenemos otras cosas en qué ocuparnos. ¿No se puede reparar rápidamente el «protector»?

— Ni siquiera he podido echarle una ojeada — confesó el cibernético —. Es imposible llegar hasta allí. Todos los autómatas se han caído de sus soportes. Al parecer, necesitaríamos una grúa de dos toneladas para remover toda la chatarra. El «protector» está debajo.

— ¡Pero en alguna parte debe haber armas! — la voz del cibernético expresaba una evidente preocupación.

— Tenemos el electrolanzador.

— Me gustaría muchísimo saber cómo lo cargas.



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