— ¿Por dónde empezamos? — preguntó el doctor. Apretó y unió los bordes de la herida de la frente del cibernético y la cubrió con un esparadrapo que se sacó del bolsillo. Siempre llevaba consigo pequeños adminículos de este tipo.

— Vamos a comprobar primero si podemos salir fuera — decidió el coordinador —. Ante todo, necesitamos luz. ¿Bien? ¿Ya? Doctor, alumbre por aquí, a lo mejor hay todavía un poco de corriente en los extremos de los cables del tablero de mandos o al menos en el reóstato del sistema de alarma.

Esta vez, del encendedor sólo brotaron chispas. El doctor chasqueó hasta que le dolieron los dedos. Las chispas se desparramaron sobre los restos del destrozado tablero de conexiones, ante el que se afanaban, de rodillas, el coordinador y el ingeniero.

— ¿Hay corriente? — preguntó el químico. Estaba detrás, de pie, porque no había sitio.

— De momento, no. ¿Nadie tiene cerillas?

— La última vez que vi cerillas fue hace tres años. En el museo — farfulló el ingeniero. Estaba intentando arrancar con los dientes el aislante de un extremo de la línea. Súbitamente, una pequeña chispa azul palpitó en las manos del coordinador, unidas en forma de concha.

— Aquí hay corriente — dijo —. Traigan una bombilla.

Encontraron una, intacta, en la señal de alarma sobre el revestimiento lateral. Una pequeña y penetrante llamita eléctrica iluminó la cabina, que producía la impresión de formar parte de un largo túnel de paredes oblicuamente ascendentes. Por encima de sus cabezas podía verse una puerta cerrada en lo que ahora era el techo.

— Siete metros de altura — dijo el químico, melancólicamente —. ¿Cómo vamos a subir allí?

— Una vez vi en el circo una torre humana: cinco hombres, uno encima de otro — insinuó el doctor.



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