
— Es demasiado difícil en nuestro caso. Tenemos que llegar allí avanzando por la pared del suelo — decidió el coordinador. Pidió al químico el cuchillo e hizo anchas muescas en el recubrimiento plástico del suelo.
— ¿Peldaños?
— Eso es.
— ¿Por qué está tan callado el cibernético? — preguntó sorprendido el ingeniero, que se había sentado sobre las ruinas del tablero de mandos y conectaba un amperímetro a los cables que había arrancado.
— Se ha quedado viudo — contestó, riendo, el doctor —. ¿Qué es un cibernético sin autómatas?
— Eso tengo que averiguarlo — declaró el cibernético. Miraba por las rendijas de las desajustadas pantallas. La llamita eléctrica fue adquiriendo un tinte amarillento, cada vez más oscuro y macilento.
— ¿También los acumuladores? — murmuró el físico.
El ingeniero se irguió.
— Eso parece.
Un cuarto de hora más tarde, la expedición, integrada por seis hombres, avanzaba hacia la profundidad o, mejor dicho, hacia la altura. Primero alcanzaron el pasillo y luego cada una de las habitaciones. En el camarote del doctor encontraron una linterna. El doctor sentía predilección por toda clase de cachivaches. Se la llevaron. Por todas partes encontraron destrozos. Los muebles, sólidamente atornillados al suelo, no habían sufrido daño, pero los aparatos, herramientas, vehículos auxiliares y material restante formaban un montón informe e indescriptible en el que se hundían hasta más arriba de las rodillas.
— Ahora vamos a intentar salir fuera — dijo el coordinador cuando se reunieron de nuevo en el pasillo.
— ¿Y los trajes espaciales?
— Están en la cámara de presión. No les ha debido pasar nada. De cualquier forma, no los necesitamos. Edén tiene una atmósfera respirable.
— ¿Ha estado alguien antes aquí?
— Sí. Hace diez u once años. La sonda cósmica de una patrulla de búsqueda y rescate. Fue cuando se perdió Altair con su nave espacial. ¿No lo recuerdan?
