— Pero ningún ser humano.

— No, ninguno.

La escotilla interior de la esclusa aparecía, oblicuamente, sobre sus cabezas. Poco a poco se fue desvaneciendo la primera impresión de extrañeza, debida al hecho que contemplaban los lugares familiares en una posición completamente distinta: el suelo y el techo eran ahora las paredes.

— Sin una buena escalera no podremos llegar allí — dijo el coordinador, iluminando la escotilla con la linterna del doctor. La mancha de luz exploraba los bordes. Estaban herméticamente cerrados.

— No tiene mal aspecto — el cibernético tenía la cabeza muy echada hacia atrás, sobre la nuca.

— Desde luego.

El ingeniero reflexionaba: la enorme fuerza que había comprimido los soportes y reventado el tablero de mandos situado entre ellos quizá hubiera empotrado la escotilla. Pero se guardó para sí estos pensamientos. El coordinador se volvió hacia el cibernético, y estaba a punto de pedirle que se pusiera de espaldas junto a la pared, cuando recordó el montón de hierro en que se habían convertido los autómatas. Dijo al químico:

— Separa bien las piernas y pon las manos en las rodillas; así es más fácil.

— Siempre he soñado con trabajar en un circo — afirmó el químico, y se inclinó. El coordinador puso el pie sobre sus hombros, se izó, se enderezó, se sujetó a la pared y comenzó a tantear con las puntas de los dedos la palanca de níquel, en forma de cuña, de la escotilla.

Se estiró cuanto pudo, saltó y, por fin, se colgó de ella. La palanca cedió chirriando, como si el mecanismo de cierre estuviera lleno de fragmentos de cristal. Giró un cuarto de vuelta y se detuvo.

— ¿La estás girando hacia el lado correcto? — preguntó el doctor, que alumbraba desde abajo con la linterna —. El cohete está tumbado.



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