— Ni en sueños hubiera creído jamás que en un viaje a las estrellas pudieran darse condiciones tan primitivas — resopló el doctor. Era el único que hablaba. Finalmente, el coordinador, ayudado por sus compañeros, escaló cuidadosamente la pirámide y consiguió tocar la manivela con la punta de los dedos.

— No es bastante — dijo —. Faltan cinco centímetros. No puedo saltar, porque entonces se viene todo abajo.

— Aquí tengo la Teoría de los vuelos rápidos.

El doctor sopesaba en la mano un grueso mamotreto.

— Creo que es exactamente lo que necesitamos.

El coordinador asió la manivela. Desde abajo le alumbraban con la linterna. Sus sombras bailaban sobre la blanca superficie de plexiglás que recubría la pared, ahora convertida en techo. De pronto, la manivela le resbaló entre las manos, vaciló un instante y perdió el equilibrio. Ninguno siguió mirando hacia arriba. Se tomaron de las manos y se echaron sobre la bamboleante pirámide de libros para que no se derrumbara.

— Nada de juramentos ahora. Si empezamos con eso, nunca acabaremos — advirtió el doctor desde abajo. El coordinador asió de nuevo la palanca. De pronto, un chirrido y luego el sordo estrépito de los volúmenes desmoronándose. El coordinador estaba suspendido en el aire, por encima de ellos, pero la manivela a la que se mantenía aferrado había dado una vuelta completa.

— ¡Hay que repetirlo otras once veces! — gritó mientras aterrizaba sobre el libresco campo de batalla.

Dos horas más tarde, la escotilla había completado su recorrido. Cuando se abrió, lentamente, estallaron en un griterío triunfal. La escotilla abierta proporcionaba una especie de puente levadizo a través del cual podían llegar sin mayores dificultades hasta la esclusa.



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