
– No exactamente -contesté-. ¿Hay algún problema?
– Me temo que esa joven ha muerto, señor. Fue un accidente de circulación en la parte de atrás del Museo Británico, hace una hora. El conductor se dio a la fuga.
– ¡Dios santo! -susurré.
– Lo cierto, señor, es que encontramos su nombre y dirección en una tarjeta que llevaba en el bolso.
Fue muy difícil asumirlo. Hacía muy poco tiempo ella había estado ante aquella misma puerta. El policía apenas si tendría veintiuno o veintidós años de edad. Era lo bastante joven como para sentir preocupación por los demás, y me puso una mano en el brazo.
– ¿Se encuentra bien, señor?
– Un poco conmocionado, eso es todo -contesté. Respiré profundamente-. ¿Qué es lo que desea usted de mí?
– Parece ser que la joven dama trabajaba en la universidad de Londres. Hemos investigado en el alojamiento de estudiantes que utilizaba, pero, como es fin de semana, no había nadie por allí. Se trata de una cuestión de identificación oficial, para el juez de instrucción.
– ¿Y quisiera usted que yo la identificara?
– Si no le importa, señor. No está lejos, en el depósito de Kensington.
Respiré profundamente una vez más y me preparé para lo que me esperaba.
– Está bien. Permítame un momento para recoger la gabardina.
El depósito estaba en un edificio de aspecto deprimente, en una calle lateral, y parecía más un almacén que cualquier otra cosa. Al entrar en el vestíbulo encontramos a un portero de servicio uniformado, sentado ante una mesa. Había un hombre pequeño y moreno, que debía de tener unos cincuenta años, y que estaba de pie junto a la ventana, contemplando cómo llovía, con un cigarrillo encendido colgando de la comisura de los labios. Llevaba un sombrero de tejido flexible y una trinchera.
Se volvió a mirarme, con las manos en los bolsillos.
– El señor Higgins, ¿verdad?
