Eso ya me había sucedido en otra ocasión, con el descubrimiento de aquel monumento oculto a Steiner y a sus hombres, en el cementerio de Studley Constable. En aquel entonces, yo andaba investigando para redactar un artículo para una revista de historia. En lugar de eso, me encontré con algo tan inesperado que terminó por cambiar toda mi vida. Escribí sobre ello un libro que dio la vuelta al mundo, desde Nueva York a Moscú, y me hizo rico. Ahora, de repente, sucedía esto, k› de Ruth Cohén y su carpeta robada, y yo me sentía lleno de la misma extraña y hormigueante excitación.

Tenía que bajar a la tierra. Ver las cosas con perspectiva. Así que me fui a darme una ducha, me tomé mi tiempo, me afeité y me vestí de nuevo. Sólo eran las ocho y media y no daba la impresión de que fuera a acostarme temprano, si es que me acostaba.

No me quedaba más whisky, y necesitaba pensar, así que me preparé más té y volví a instalarme en el sillón junto al fuego. Encendí un cigarrillo y empecé a repasar de nuevo el contenido de la carpeta.

Sonó el timbre de la puerta, despertándome de mi ensoñación. Miré el reloj. Era poco antes de las nueve. El timbre volvió a sonar, con insistencia, y volví a dejar las páginas en la carpeta, la dejé sobre la mesita y me dirigí hacia la puerta. Se me ocurrió pensar que podría tratarse nuevamente de Ruth Cohén, pero no podría haber estado más equivocado porque, al abrirla, me encontré allí a un joven policía con su impermeable azul marino húmedo a causa de la lluvia.

– ¿Señor Higgins? -preguntó, mirando un trozo de papel que sostenía en la mano izquierda-. ¿El señor Jack Higgins?

A veces resulta tan extraña la certidumbre que sentimos de estar a punto de recibir malas noticias, que ni siquiera necesitamos que nos las comuniquen.

– Sí -asentí.

– Siento mucho molestarle, señor -dijo el policía entrando en el vestíbulo-, pero estoy haciendo una investigación relativa a la señorita Ruth Cohén. ¿Es usted amigo de ella, señor?



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