
Tenía que bajar a la tierra. Ver las cosas con perspectiva. Así que me fui a darme una ducha, me tomé mi tiempo, me afeité y me vestí de nuevo. Sólo eran las ocho y media y no daba la impresión de que fuera a acostarme temprano, si es que me acostaba.
No me quedaba más whisky, y necesitaba pensar, así que me preparé más té y volví a instalarme en el sillón junto al fuego. Encendí un cigarrillo y empecé a repasar de nuevo el contenido de la carpeta.
Sonó el timbre de la puerta, despertándome de mi ensoñación. Miré el reloj. Era poco antes de las nueve. El timbre volvió a sonar, con insistencia, y volví a dejar las páginas en la carpeta, la dejé sobre la mesita y me dirigí hacia la puerta. Se me ocurrió pensar que podría tratarse nuevamente de Ruth Cohén, pero no podría haber estado más equivocado porque, al abrirla, me encontré allí a un joven policía con su impermeable azul marino húmedo a causa de la lluvia.
– ¿Señor Higgins? -preguntó, mirando un trozo de papel que sostenía en la mano izquierda-. ¿El señor Jack Higgins?
A veces resulta tan extraña la certidumbre que sentimos de estar a punto de recibir malas noticias, que ni siquiera necesitamos que nos las comuniquen.
– Sí -asentí.
– Siento mucho molestarle, señor -dijo el policía entrando en el vestíbulo-, pero estoy haciendo una investigación relativa a la señorita Ruth Cohén. ¿Es usted amigo de ella, señor?
