
– Sí -contesté.
No se dignó sacar las manos de los bolsillos. Tosió y la ceniza del cigarrillo le cayó sobre la trinchera.
– Soy el inspector jefe Fox. Un asunto de lo más infortunado, señor.
– Sí,
– Esta joven, Ruth Cohén, ¿era amiga suya?
– No -contesté-. La conocí esta misma tarde.
– Llevaba su nombre y dirección anotados en su bolso. -Y antes de que yo pudiera explicar nada, siguió diciendo-: En cualquier caso, será mejor terminar con esto de una vez. Si quiere venir por aquí…
La sala en la que me hicieron entrar estaba cubierta de azulejos blancos y tenía una brillante iluminación fluorescente. Había una hilera de mesas de operación. El cuerpo estaba en la del extremo, cubierto con una sábana blanca, de goma. Ruth Cohén tenía un aspecto muy tranquilo, con los ojos cerrados, pero la cabeza aparecía envuelta en una capucha de goma empapada de sangre.
– ¿Identifica usted formalmente a la fallecida como Ruth Cohén, señor? -preguntó el policía.
– Sí, es ella -asentí y el policía volvió a cubrirla con la sábana.
Al volverme, vi a Fox sentado en el extremo de una mesa situada en un rincón, encendiendo otro cigarrillo.
– Como ya le dije, encontramos su nombre en el bobo de esa mujer.
Y fue entonces, como si alguien hubiera apretado un conmutador en mi cabeza, cuando volví de pronto a la realidad. Alcanzada por un vehículo cuyo conductor se había dado a la fuga; un delito muy grave, pero ¿por qué había merecido la atención de todo un inspector jefe? ¿Y no había algo extraño en aquel Fox, con su rostro saturnino, y sus ojos oscuros y vigilantes? Éste no era un policía ordinario. Me olía a miembro de la rama especial.
Hace ya mucho tiempo descubrí que siempre es conveniente mantenerse fiel a la verdad, en la medida de lo posible.
– Me dijo que había llegado de Boston y que trabajaba en la universidad de Londres, dedicada a hacer investigaciones para escribir un libro -dije.
