Ella me sonrió ligeramente, al tiempo que se quitaba la gabardina.

«-Harvard, historia moderna.

– Eso es interesante -dije-. Prepararé algo de té, ¿o prefiere tomar café?

– Diez meses de curso para posgraduados en la universidad de Londres, señor Higgins. Definitivamente, prefiero el té.

Me dirigí a la cocina, donde puse a hervir el agua y preparé una bandeja. Encendí un cigarrillo mientras esperaba y, al volverme, la vi apoyada en el marco de la puerta, con los brazos cruzados.

– ¿Cuál fue el tema de su testó de doctorado? -le pregunté.

– Ciertos aspectos del Tercer Reich en la Segunda Guerra Mundial.

– Interesante, Cohén…, ¿es usted judía? -pregunté, volviéndome para preparar el té.

– Mi padre fue un judío alemán. Sobrevivió a Auschwitz y consiguió llegar a Estados Unidos, pero murió un año después de nacer yo.

No se me ocurrió decir otra cosa que el habitual- mente inadecuado:

– Lo siento.

Ella se me quedó mirando, inexpresiva, durante un momento, luego se volvió y regresó al salón. Yo la seguí con la bandeja, que dejé sobre una pequeña mesa de café, situada junto al fuego, y nos sentamos el uno frente al otro, en sendos sillones.

– Lo que explica su interés por el Tercer Reich -le dije, mientras le servía el té.

Ella frunció el ceño y aceptó la taza que le ofrecí.

– Sólo soy historiadora. No tengo ningún agravio que vengar. Mi obsesión particular es el Abwehr, el servicio alemán de inteligencia militar. Deseo descubrir por qué fueron tan buenos, y por qué fueron tan malos al mismo tiempo.

– ¿El almirante Wilhelm Canaris y sus alegres hombres? -pregunté, encogiéndome de hombros-. Yo diría que nunca puso verdadero empeño en su trabajo, aunque eso es algo que nunca sabremos, puesto que las SS lo ahorcaron en el campo de concentración de Flossenburg, en abril del cuarenta y cinco.



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