
– Lo que representa un delito criminal, según la ley de Cuestiones de la Defensa -le dije.
– Lo sé. Abrí los sellos con todo el cuidado que pude y leí el contenido de la carpeta. Se trata únicamente de un resumen de treinta páginas de ciertos acontecimientos… realmente asombrosos.
– ¿Y luego?
– Hice fotocopias de las páginas.
– Las maravillas de la tecnología moderna les permitirán saber lo que se ha hecho.
– Lo sé. De todos modos, volví a sellar la carpeta y la he devuelto esta misma mañana a su sitio.
– ¿Y cómo se las ha arreglado para hacerlo? -pregunté.
– Ayer volví a comprobar los mismos archivos. Luego llevé la carpeta relacionada con Munro al empleado de servicio y le dije que se había producido un error.
– ¿Y la creyó?
– Supongo que sí. Quiero decir, ¿por qué no iba a creerme?
– ¿Se trataba del mismo empleado?
– No, era alguien más viejo.
Me quedé allí sentado, pensando, sintiéndome decididamente inquieto.
– ¿Por qué no prepara usted un poco de té recién hecho mientras yo le echo un vistazo a esto? -le pedí finalmente.
– Muy bien.
Tomó la bandeja y abandonó el salón. Después de un momento de vacilación, abrí la carpeta y empecé a leer.
Ni siquiera me di cuenta de que ella estaba allí, de tanto como me enfrasqué en los acontecimientos registrados en las páginas contenidas en aquella carpeta. Una vez que hube terminado de leer, la cerré y levanté la mirada. Ella había vuelto a sentarse en el otro sillón, y me estaba mirando, con una expresión curiosamente intensa en su rostro.
– Comprendo la prohibición de divulgación de estos hechos durante cien años -dije-. Las potencias no querrían que se divulgara nada de lo que hay aquí, ni siquiera ahora.
