– Eso fue lo mismo que yo pensé.

– ¿Puedo quedarme con este material durante un tiempo?

– Hasta mañana, si así lo desea -asintió tras un momento de vacilación-. Yo regresaré a Estados Unidos en el vuelo de la noche. Por Pan Am.

– ¿Se trata acaso de una decisión repentina?

– En efecto -admitió levantándose y recuperando su gabardina-. He decidido que sería mejor estar en mi propio país.

– ¿Preocupada? -le pregunté.

– Probablemente estoy reaccionando de un modo hipersensible, pero seguro. Pasaré a recoger la carpeta mañana por la tarde. Digamos que a las tres, de camino hacia el aeropuerto de Heathrow, ¿le parece bien?

– Estupendo -asentí dejando la carpeta sobre la mesa de café.

El reloj de la repisa de la chimenea hizo sonar las campanadas de la media, después de las siete, mientras yo la acompañaba hasta la puerta. La abrí y permanecimos allí un momento, con la lluvia cayendo con fuerza.

– Desde luego, hay alguien que confirmaría la veracidad del contenido de esa carpeta -dijo ella-. Liam Devlin. En su libro dijo usted que seguía deambulando por ahí, operando con el IRA provisional en Irlanda.

– Eso fue lo último que oí decir de él -dije-. Ahora tendría sesenta y siete años, pero seguiría con vida.

– Muy bien -dijo ella sonriendo-. Le veré entonces mañana por la tarde.

Bajó los escalones y se alejó, caminando bajo la lluvia, desapareciendo entre la neblina de primeras horas de la noche, al final de la calle.

Me senté junto al fuego y leí el contenido de la carpeta por segunda vez. Luego, fui a la cocina y me preparé más té y un bocadillo de pollo. Me senté ante la mesa y me dediqué a reflexionar en todo aquello mientras comía.

Resulta extraordinario observar cómo los acontecimientos surgidos de la nada son capaces de cambiar las cosas.



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