
Para cuando el taxi llegó al destino de vacaciones de Carrie, ella estaba deseando echarse una siesta. El vuelo a Miami había sido un infierno. Solo era la tercera vez que Carrie tomaba un avión en toda su vida. Desde que despegaron, no se había retirado la bolsa de papel de debajo de la barbilla, e intentando olvidarse de las náuseas, se había concentrado en Serendipity, el lujoso complejo turístico para solteros que Susie le había reservado.
Había tardado unos días en decidirse, pero finalmente había aceptado el destino de vacaciones que Susie había elegido para ella. ¿Qué podría ser mejor para empezar sus prácticas que un lugar lleno de solteros?
Carrie había estudiado tantos folletos de viajes durante tantos años que se podía imaginar el lugar con toda claridad: palmeras meciéndose con la brisa del mar, el ruido del océano, un balcón con vistas a la playa y todo lo necesario para mimarse todo lo que quisiera.
Tal vez incluso podría salir de su habitación para echarles un vistazo a los solteros. Tendría que asegurarse de conseguir unas buenas historias y unos cuantos hombres guapos que describir para poder contárselo a Susie. Tal vez no era el vuelo lo que le hacía sentir náuseas sino las perspectivas de tener algún tipo de relación con el sexo opuesto.
Incluso, tal vez fuera la velocidad a la que se movía el taxi por la carretera. Cuando finalmente salió del caluroso coche para encontrarse con el húmedo calor de Miami, creyó estar a punto de desmayarse.
– Esta es la razón por la que no viajo -murmuró ella, ajustándose el sombrero de paja a la cabeza.
Todas aquellas sensaciones la hacían sentirse fuera de su elemento. Mientras intentaba recuperarse, el taxista le sacó el equipaje del maletero y se lo puso a los pies para luego ponerse a buscarle un botones. Pero no había ni uno solo a la vista… probablemente porque tampoco había complejo turístico. Estaban aparcados al lado de un paseo marítimo brillantemente iluminado.
