
– Esto no es «Serendipity». Se supone que hay un complejo hotelero con montones de… habitaciones.
– Pues es esto -insistió el taxista, mirando el bloc de notas. -Esta es la dirección que se me ha dado. Esto es la Miamarina.
– Pero aquí no hay ningún complejo turístico -dijo ella, mirando a su alrededor. -Tiene que haber un error.
– Allí hay una señal, sobre esa valla, que dice Serendipity. Tal vez haya un barco para llegar al complejo turístico.
– ¡No! Barco no. Ya he tenido bastante con el avión. No pienso subirme en un barco.
– Bueno, señorita. Yo tengo que volver al aeropuerto. Puedo volver a llevarla al aeropuerto o puede quedarse aquí. Usted elige.
Carrie se mordió los labios. Había llegado muy lejos para tener una aventura. No podía echarse atrás por tener que montarse en un barco. Susie jamás le permitiría olvidarlo.
– Me quedo -dijo por fin, despidiendo al taxista. -Estaré bien.
El taxi se alejó a toda velocidad. Carrie suspiró. ¡Menudo modo de empezar las vacaciones! Se sentía mal, tenía calor y un fuerte dolor de cabeza, y encima se tenía que montar en un barco antes de poder tomarse una ducha y echarse una siesta. Menos mal que la gente no llevaba tan mal lo de los viajes como ella, si no, su negocio daría en quiebra enseguida.
– A la gente la encanta viajar -se aseguró. -Se supone que es divertido. Yo me estoy divirtiendo.
Carrie se pasó los dedos por el pelo, cenando los ojos con disgusto al notar los nudos. Se había pasado tres días arreglándose para su gran aventura. Se había aclarado el pelo del habitual color pardusco a rubio y se lo había cortado por los hombros. Las chicas del salón de belleza le habían depilado las cejas por lo que, cuando se marchó, Carrie no se conocía a sí misma.
Luego se había pasado un día entero en un centro comercial. Se gastaron cientos de dólares en prendas veraniegas. Después fueron al apartamento de Susie y lo metieron todo, junto con algunas cosas de Susie, en las maletas de diseño de ésta.
