
Tal vez lo que tenía que hacer era animarse un poco la vida. Tenía casi treinta años y se había pasado los últimos doce meses soñando con un hombre que jamás podría tener. Ya iba siendo hora de que saliera al mundo. Tenía que haber al menos otro hombre como Dev Riley esperando a la mujer de sus sueños.
– Entonces, ¿qué vas a hacer, Carrie Reynolds? ¿Tengo que recordarte que vas a cumplir treinta dentro de dos meses? ¡El mundo te está esperando!
– Lo pensaré -replicó Carrie. -Ya te lo diré.
– ¿A lo largo de la mañana?
– Esta semana.
– Tiene que ser hoy -insistió Susie. -¡El resto de tu vida tiene que comenzar hoy mismo!
Si no estás metida en un avión al final de la semana ya no me preocuparé más por ti.
Susie salió del cuarto de las fotocopiadoras, dejando a Carrie para que considerara aquella sugerencia. En realidad, Carrie ya había intentado cambiar su vida. La permanente había sido el primer paso, una decisión espontánea de la que se había arrepentido. En realidad, llevaba días pensando en pintar la casa de nuevo o tal vez en comprarse otro coche. Sin embargo, la preciosa fotografía del salón de belleza de la esquina le había nublado el sentido común. Una parte de su corazón había esperado que un nuevo estilo en el peinado le sirviera para tener más confianza en sí misma. Y que lo hiciera más atractiva para el sexo opuesto.
Si de verdad quería un hombre como Dev Riley tendría que convertirse en el tipo de mujer que él deseaba: arriesgada, segura de sí misma. Una mujer de mundo. Una mujer que pudiera hablar de cualquier cosa y que no se atiborrara de donuts cada vez que se sentía deprimida.
– Lo haré -murmuró Carrie, tirando el donut a la basura. -¡Lo haré, aunque haga el ridículo intentándolo!
