Carrie se frotó los ojos. Incluso se había animado a sacar las lentillas que se había comprado el año anterior, esperando mostrar los ojos azules que su peluquera consideraba maravillosos. Sin embargo, Carrie no estaba dispuesta a dejarse engañar. Ni todas las estilistas ni las peluqueras del mundo podrían convencerla de que era guapa.

Ella tenía unas curvas demasiado rotundas para estar de moda. Y era demasiado baja. Tenía el pelo indomable y los rasgos del montón. Ella era lo que todos los hombres coincidirían en denominar «una mujer corriente». Y eso sería si algún hombre se dignara a mirarla.

Tal vez ella tenía la culpa de aquella situación. Ella siempre había pensado que cuando apareciera el hombre adecuado, sería capaz de reconocer sus atributos positivos y vivirían juntos para siempre. Sin embargo, después de su loca atracción por Dev Riley, se había visto obligada a admitir que si quería tener alguna oportunidad de conseguir el amor y el matrimonio, tendría que hacer algunos cambios en su vida. Tendría que dejar de ocultarse detrás de ropas que no la favorecían y de sus gafas. Tendría que aprender a ser encantadora e ingeniosa, a actuar con confianza aunque no sintiera ninguna.

Aquel era el propósito de aquellas vacaciones. Practicar en un lugar en el que no tuviera que preocuparse por encontrarse con alguien conocido. Tendría que tragarse sus inseguridades y sus miedos. Tal vez así, cuando volviera a casa, tendría en su vida algo más que su trabajo.

– ¡A bordo!

Carrie levantó la vista y vio un hombre de pelo blanco, vestido con unos pantalones cortos, una camisa y una gorra también de color blanco. Estaba de pie al lado de un carrito cargado de helados. Era un vendedor de helados. ¡Lo que daría ella por tomarse un helado, o tal vez dos, en aquellos momentos!



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