– ¿Es usted la señorita Reynolds?

Ella se cubrió los ojos con la palma de la mano, para protegerlos del sol, y contempló al hombre. ¿Cómo era posible que un vendedor de helados supiera su hombre?

– Soy el capitán Fergus O'Malley -añadió el hombre, con un fuerte acento irlandés. A pesar de ser un rudo marino, tenía aspecto bonachón.

– ¿Capitán Fergus? Capitán Fergus, ¿tiene helados de chocolate y menta? ¿O almendrados? Hasta me vale un simple helado de fresa. Eso sí, de dos bolas.

– ¿Es helado lo que quiere? Ya veré lo que tenemos a bordo del Serendipity, señorita.

– ¿Cómo que a bordo del Serendipity? ¿No sería más correcto decir en Serendipity?

– No, yo me refiero al barco. Soy el Capitán Fergus O'Malley, el capitán del Serendipity. Y estoy seguro de que usted es una de mis pasajeras, Carrie Reynolds. Déjeme ayudarla con el equipaje y la acompañaré a bordo.

– A bordo -musitó Carrie. -Entonces… ¿usted no es un vendedor de helados? ¿Y Serendipity no es un maravilloso complejo hotelero con blandas camas y duchas calientes?

Carrie estuvo a punto de añadir «y hombres guapos y solteros con minúsculos bañadores», pero se lo pensó mejor.

El capitán Fergus se echó a reír como si ella hubiera dicho algo muy divertido y empezó a andar con las maletas de Carrie bajo el brazo.

– Serendipity es una nave de cincuenta y cuatro pies, una de las más lujosas para navegar por el Caribe. Tenemos una cama suave y una ducha caliente para usted, eso seguro. Además de comidas de sibarita y buenos vinos. ¿Es que no ha visto nuestro folleto?

Carrie negó con la cabeza mientras seguía al hombre. Las piernas amenazaban con doblársele de un momento a otro.

– Se suponía que estas vacaciones tienen que ser una aventura. Lo del avión y el taxi ha sido una verdadera aventura, pero lo del barco es demasiado para mí. Verá… Es que yo no nado muy bien y, como yo siempre digo, si no te quieres ahogar, es mejor que te mantengas alejada del agua. Pero resulta un poco difícil estando en un barco, ¿no le parece?



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