
– No tiene que preocuparse por su seguridad. Además, no estaremos en el mar todo el tiempo. Haremos escalas en preciosos lugares casi todos los días a lo largo de los Cayos de Florida.
– Pero, ¿cómo se supone que voy a practicar? -musitó ella. -Susie sabía que yo quería practicar. ¿Por qué me metió en un barco en el que no hay nadie con el que practicar?
– ¿Practicar? -preguntó el capitán Fergus, deteniéndose para mirarla. -¿Qué es lo que quiere practicar?
– No importa -replicó ella. Al levantar la vista, vio un enorme velero meciéndose sobre las olas y Carrie no pudo evitar tragar saliva. -Voy a matarte, Susie Ellis. Te juro que, tan pronto como llegue a casa, vas a pagar por esto.
– Bueno, aquí está. Espero que tenga una buena travesía con nosotros, señorita Reynolds.
– Estoy segura de que me lo pasaría muy bien, si me fuera a subir a su barco, pero no puedo. Me temo que me pondría muy… enferma.
– De eso nos podremos encargar enseguida. Espere aquí y le traeré unas pastillas contra el mareo. Funcionan de maravilla.
– Eso me vendría muy bien. Yo me limitaré a sentarme aquí en este banco y contemplar el futuro. Y el inminente asesinato de mi socia.
El capitán Fergus la miró muy extrañado y luego subió al barco para desaparecer en la cabina. Unos pocos minutos más tarde, regresó con un frasco de pastillas y un enorme zumo de fratás.
– Un refresco de bienvenida -dijo él. -No tiene alcohol, pero la ayudará a tragarse la pastilla. Después de algún tiempo, se acostumbrará al movimiento. Dentro de unos pocos días ya ni siquiera lo notará.
Referente a los camarotes, el capitán Fergus tenía razón. Después de pasarse media hora en el muelle, Carrie por fin se atrevió a subir a bordo del Serendipity y comprobó todo lo que le había explicado el capitán. El camarote de Carrie era grande y lujoso, con un enorme salón y una habitación igualmente grande, con un cuarto de baño algo pequeño. Serendipity presumía de tener lo mismo que un hotel, menos otros huéspedes.
