En aquel momento, un incómodo silencio se produjo entre ellos. Aunque Carrie deseaba apartar la mirada de él, no pudo. No estaba segura de que fuera a volver a tener una oportunidad como aquella. Y el verdadero Dev Riley era mucho mejor que el que ella imaginaba en sus fantasías.

Finalmente, fue él quien rompió el silencio, aclarándose la garganta.

– Bueno, ¿está segura de que se encuentra bien?

– Sí.

– Me alegro. En ese caso, tengo que marcharme.

Entonces, él le dedicó una última sonrisa, se dio la vuelta y se marchó. Cuando ella estaba a punto de dejarse caer de rodillas de nuevo de pura mortificación, él se volvió, con lo que ella tuvo que recobrar la compostura rápidamente.

– Tal vez quiera parar en la agencia de viajes -le dijo él, -y decirles que la acera está muy resbaladiza por el hielo. Deberían poner sal.

– ¡Yo… lo haré! -respondió Carrie, con todo su entusiasmo. Luego se cargó la mochila al hombro. -Sí -murmuró. «Entraré allí y le diré a la dueña que es una idiota».

Con una risa amarga, Carrie abrió la puerta de la agencia y entró. Se estaba tan caliente en el interior que los cristales de las gafas se le empañaron enseguida. Cuando se le aclararon, vio a Susie de pie delante de ella.

– No me puedo creer que hayas hablado con Dev Riley. ¡Por fin has reunido las fuerzas para hacerlo! ¿Qué te ha dicho? ¿Qué le has dicho tú?

– Me caí -explicó Carrie, mirando a los clientes que estaban esperando. Rápidamente se dirigió hacia su mesa. -Y él me ayudó a levantarme. Yo le di las gracias. Con decirte que he debido parecerle una completa idiota te lo digo todo.

Ella dejó la mochila al lado de su silla y luego se quitó el abrigo y los mitones. Fue entonces cuando se dio cuenta de que había perdido el gorro con el viento.

– Bueno, era un gorro muy feo -musitó Carrie, mientras se dirigía a la sala de fotocopias a prepararse un café. -Necesito un donut.



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