
– Lo sé. Son más bien mis hijas… Su madre murió hace un año y su padre las trajo al colegio para que recibieran una educación. Cuando él se mató en un accidente de tráfico, entraron en el orfanato. Y desde entonces, yo soy quien se sienta con ellas todas las noches, quien procura que superen su dolor, quien las abraza cuando sufren pesadillas, quien las anima a comer y les promete que todo irá mejor.
La profesora se irguió tanto como se lo permitió su metro sesenta de altura, echó los hombros hacia atrás y continuó:
– Tahir le ha dado su palabra. Pues bien, yo empeñé mi palabra con el padre de las niñas y le aseguré que tendrían una vida decente. Si permite que se las lleve, mi palabra se quedará en nada… no significará nada. Estoy segura de que usted no puede ser tan cruel como para permitir que tres pequeñas que ya han perdido a sus padres, pierdan también todas sus esperanzas y todos sus sueños.
Asad pensó que aquel asunto le iba a provocar una buena jaqueca.
– Tahir es un jefe poderoso. Ofenderlo con un asunto tan trivial sería francamente estúpido -dijo.
– ¿Un asunto trivial? ¿Por qué? ¿Porque son niñas? ¿Es eso? ¿Insinúa que las cosas serían distintas si fueran niños?
– El sexo de los niños es irrelevante para el caso. Tahir ha dado su palabra en lo que él considera un asunto de honor. Rechazar su petición podría tener consecuencias políticas graves -respondió.
– Pero estamos hablando de la vida de tres niñas… ¿qué es la política comparado con eso?
La puerta del aula se abrió en ese momento. Era Lina.
– ¿Se ha llevado a las chicas? -preguntó la profesora.
– Por supuesto que no. Han vuelto a sus habitaciones mientras Tahir y sus hombres toman un té con el director -explicó la princesa, mirando a Asad-. ¿Qué has decidido?
– Que no volveré a permitir que entres en mi despacho sin cita previa.
Lina sonrió.
– Tú no te negarías nunca a recibirme, sobrino. Y yo tampoco a ti.
