– Pero vivirían en el mismo pueblo… -comentó Asad.

– Pero no en la misma casa. Además, ya ha oído a Tahir… ha dicho que las familias de su tribu están dispuestas a acogerlas. Sólo dispuestas. No les darán el amor ni los cuidados que necesitan; crecerán sin amigos, separadas… y quién sabe lo que ese hombre es capaz de hacerles.

– Nada en absoluto -afirmó el príncipe-. Me ha dado su palabra. Las protegerá. Y eso significa que cualquiera que intente algo contra ellas, lo pagará con la vida.

Kayleen se sintió un poco mejor al oír aquellas palabras, pero no era suficiente.

– ¿Y qué me dice de su educación? En el desierto no tendrán ninguna oportunidad… además, ni siquiera son de aquí. Su madre era de Estados Unidos.

– Y su padre, de El Deharia. Él también era huérfano y también se crió con la tribu de Tahir. El jefe es sincero cuando afirma que se las lleva porque quiere honrar su memoria.

– Claro. Y se convertirán en criadas.

– Me temo que es lo más probable -admitió Asad.

– Entonces no dejaré que se las lleve.

– No es usted quien tiene que decidirlo.

Kayleen tuvo que contenerse para no darle una patada. Amaba El Deharia. Era un país precioso y adoraba el azul casi imposible de sus cielos, la belleza del desierto y el carácter y la amabilidad de sus gentes. Pero en lo tocante a las relaciones entre hombres y mujeres, dejaba mucho que desear.

– En tal caso, intervenga en su favor -rogó ella-. ¿Tiene hijos, príncipe Asad?

– No.

– ¿Y hermanas?

– Cinco hermanos.

– Si tuviera una hermana, ¿le gustaría que se la llevaran y la convirtieran en criada? ¿Permitiría que lo separaran de alguno de sus hermanos?

– Le recuerdo que esas niñas no son hermanas suyas.



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